Diario de un mes viviendo dentro de los Reales Alcázares

Soy Benito, vecino de Sevilla desde que aprendí a decir "olé" antes que "mamá". Mi historia comienza un lunes cualquiera de abril de 2023, cuando decidí que ya era hora de conocer los Reales Alcázares desde dentro, pero no como cualquier turista de sombrero ridículo y cámara colgando, sino como quien realmente vive entre sus muros. Y lo conseguí. Me instalé allí durante un mes entero sin que nadie lo supiera. Sí, suena imposible, pero créeme: con ingenio sevillano y un poco de descaro, se puede.


Día 1: El plan maestro

Todo comenzó tras observar la avalancha de turistas que el Ayuntamiento, con su sonrisa de postal institucional, permite que invada los patios y jardines. Ni una señal de "Se prohíbe el paso a los residentes". Ni un control real. Solo la confusión perfecta para que yo, disfrazado de trabajador de mantenimiento, pudiera colarme. Mi arma secreta: un mono azul viejo y una llave que un amable conserje dejó olvidada durante tres semanas.

Al cruzar el arco de entrada, me sentí un conquistador. El primer patio estaba lleno de japoneses con sombreros de ala ancha y selfies imposibles. Nadie miró a un sevillano más, porque, según parece, si llevas gorra y mono azul, eres invisible.


Día 3: Rutina y observación

Mi vida se organizó en torno al recorrido turístico. Aprendí los horarios exactos de entrada de los grupos, los tiempos en que los guías comenzaban a hablar y el momento exacto en que el turista se detiene a mirar las azulejerías sin entender nada. Era mi ventana de libertad.

Empecé a notar patrones: los turistas quieren ver, fotografiar y marcharse. El Ayuntamiento sonríe, cobra y mira hacia otro lado. El sevillano, que ha crecido con estos muros, queda relegado a espectador. Los jardines, antes silenciosos, se convierten en escenario de murmullo y pasos apresurados.


Día 7: La primera polémica

Decidí salir al patio de los naranjos y tomarme un café escondido. Fue entonces cuando una guía gritó: "¡Por favor, no se apoyen en los muros, son patrimonio!". Me reí. Yo, que había pasado la mañana limpiando una fuente olvidada que nadie toca, entendí que el patrimonio está al servicio del turista, no del sevillano.

Observé cómo los turistas caminaban sobre los escalones desgastados, tocaban las puertas de madera y se tomaban fotos con los leones de piedra, mientras el personal del Alcázar sonreía educadamente. Ninguna medida real. Todo decorativo.


Día 12: La vida cotidiana dentro del Alcázar

Me organicé. Tenía una rutina: levantarme antes que los turistas, recorrer los pasillos vacíos, desayunar entre columnas mudéjares y escuchar el canto de los pájaros que los turistas no ven porque están demasiado ocupados con su cámara.

Poco a poco, me sentí dueño de un pequeño imperio. Comencé a anotar en un cuaderno mis observaciones: cómo los guías repiten historias sin veracidad, cómo los grupos de turistas se amontonan y cómo la administración parece más preocupada por fotos bonitas que por la conservación real.


Día 15: Conexión con los trabajadores

Me hice amigo de varios empleados del Alcázar. Ellos me contaban con sarcasmo cómo la administración favorece más al turista que al sevillano. Un jardinero me confesó que algunas especies de plantas están más para que salgan bien en las fotos que por su conservación histórica. Una mujer del servicio de limpieza me dijo: "Aquí dentro somos invisibles para todos, excepto cuando algo se rompe".


Día 18: Crítica al turismo masivo

Desde mi escondite, observé que el flujo turístico estaba destruyendo la esencia del lugar. Los turistas no escuchan, solo miran. No sienten, solo fotografían. Y el Ayuntamiento, feliz con el incremento de ingresos, mira hacia otro lado mientras los sevillanos perdemos espacios que nos pertenecen por derecho.

Mis notas se llenaban de indignación: el Alcázar es un lugar vivo, no un escenario de Instagram. Los patios, la historia, la arquitectura… todo reducido a fondo de selfie. Y nosotros, los que crecimos con estos muros, solo podemos mirar desde afuera, pagando entradas que se incrementan cada año.


Día 21: El descubrimiento de los rincones prohibidos

Durante una tarde de descanso, exploré un ala poco visitada. Allí encontré patios olvidados, fuentes secas y murales casi ocultos por la vegetación. Me senté y comprendí que Sevilla entera está perdiendo su patrimonio auténtico por la falta de control y la obsesión por el turismo masivo.

Comencé a escribir un manifiesto en mi cuaderno: "Los Alcázares para los sevillanos primero, turismo responsable después". Nadie lo leería, pensé, pero necesitaba poner mis ideas por escrito.


Día 25: La vida secreta

Me movía como un fantasma. Dormía en un pequeño banco tras unas columnas, comía frutas que traía desde casa y bebía agua de las fuentes olvidadas. La libertad que sentía contrastaba con la opresión de ver multitudes en cada rincón abierto. Era un acto de resistencia, de protesta silenciosa contra el turismo desmedido y la falta de políticas que protejan lo nuestro.

Cada visitante que pasaba, cada selfie, me recordaba que Sevilla se estaba vendiendo a cambio de unos cuantos euros y un titular turístico.


Día 28: Reflexión final

Mi mes en los Alcázares llegó a su fin. Salí sin ser visto, llevando conmigo un cuaderno lleno de historias, observaciones y una comprensión más profunda de la ciudad que amo. Había vivido la historia desde adentro, pero también había visto cómo se estaba explotando y perdiendo.

Al mirar desde la Puerta del León hacia los patios llenos de turistas, comprendí que la ciudad necesita equilibrio: patrimonio que se conserve, visitantes que respeten y sevillanos que puedan sentirse parte de su propia historia. Si no, los Alcázares se convertirán en un museo para fotos, no para vidas.


Epílogo

Este diario no es solo una anécdota personal. Es una denuncia disfrazada de historia. Sevilla, querida Sevilla, si no protegemos lo nuestro y dejamos que el turismo masivo dicte nuestras reglas, perderemos la esencia de lo que somos. Los Reales Alcázares no son solo un destino: son memoria viva, y deberían pertenecer tanto a quienes los aman como a quienes los habitan.

Mi mes en el Alcázar fue un lujo secreto, una experiencia íntima, y un recordatorio de que la ciudad que amamos necesita más cuidado y menos selfies.


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