La Anciana que Denuncia Apartamentos Turísticos
A ella la llamaban Doña Carmen la del Segundo, aunque ya no había segundo, ni primero, ni vecinos que se conocieran por el nombre. Solo maletas con ruedas y códigos de cuatro dígitos. Doña Carmen murió en 1998, un agosto seco y pesado, cuando el centro aún olía a lejía y a puchero, no a detergente industrial ni a brunch.
El día de su entierro fueron doce personas. El resto ya se había mudado a Sevilla Este, a Los Remedios o directamente al olvido. Nadie imaginó entonces que Doña Carmen no se iba a ir del todo.

El primer aviso llegó años después, cuando en el Ayuntamiento comenzaron a recibir llamadas imposibles. Siempre a la misma hora: 07:32 de la mañana, justo cuando el funcionario medio aún no ha decidido si odia su vida o solo su trabajo.
—Buenos días, vengo a denunciar un piso turístico ilegal —decía una voz de mujer mayor, seca, educada y con ese tono de quien ha fregado escaleras toda una vida.
Los datos eran siempre exactos. Demasiado.
Número de puerta. Planta. Si tenía cerradura electrónica. Cuántas maletas entraron la noche anterior. Si hubo despedida con aplausos a las once.
Cuando los inspectores llegaban, el piso estaba precintado, denunciado o milagrosamente en proceso de regularización. Como si alguien se les hubiera adelantado.
La cosa se torció cuando alguien reparó en un detalle: el teléfono desde el que se hacían las llamadas estaba dado de baja en 1998. El mismo año en que murió Doña Carmen. A partir de ahí, el centro empezó a murmurar.
Decían que su antiguo edificio —ahora reconvertido en Luxury Authentic Sevillian Experience— tenía algo raro. Que el portero automático se activaba solo, a los turistas les fallaba el WiFi justo al poner una reseña de cinco estrellas y las llaves electrónicas se bloqueaban si alguien gritaba “¡guiri!” en voz alta.
Y luego estaban los avisos en papel. Notas escritas a mano, con letra antigua, clavadas con chinchetas oxidadas en los tablones comunitarios que ya no eran comunitarios.
“Aquí vivía gente.”
“Esto no es un hotel.”
“Denunciado.”
El Ayuntamiento intentó rastrear el origen. Nada. Los servidores no guardaban registro. Las grabaciones de las llamadas se perdían. Solo quedaba la voz. Clara. Persistente. Incómoda.
Como en La Casa de Papel, alguien empezó a unir los puntos.
Un administrativo cansado. Una inspectora a punto de jubilarse. Un bedel que había vivido toda su vida en la calle Feria. Un pequeño grupo, sin nombres en clave, sin monos rojos, pero con una certeza: alguien estaba jugando con el sistema. Y ganando.
La llamaban “La Abuela”.
Cada vez que un nuevo piso turístico aparecía sin licencia, la denuncia ya estaba puesta antes del primer check-in. Cada vez que un propietario intentaba hacerse el listo, la multa llegaba puntual. Y lo mismo sucedía cuando un bloque perdía a su último vecino real, sonaba el teléfono.
—Aquí antes había un patio. Y niños. Y macetas.
—Eso no lo arregla Airbnb, hijo.
La última llamada fue la más inquietante.
—Apunte usted bien, dijo la voz. Este barrio aún respira. Y mientras respire… yo también.
Desde entonces, el número sigue activo. Nadie lo ha podido desconectar.
Y en el centro de Sevilla, cuando un piso turístico cae, siempre hay quien sonríe y dice en voz baja:
—Ha sido Doña Carmen.
Porque hay gente que se va. Y hay gente que se queda vigilando.
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