Suspiros en el Callejón del Agua

El Callejón del Agua no es un sitio. Es un estado de ánimo.
Un sitio estrecho, bonito y con nombre sugerente que, como todo en Sevilla, promete más de lo que luego explica. Allí no corre agua desde hace siglos, pero corre el aire justo para que huela a humedad antigua, a jazmín cansado y a historia mal gestionada.

Es un callejón que sale en las fotos, en los folletos y en los reportajes de “rincones con encanto”, pero nadie vive allí del todo tranquilo, porque las paredes escuchan. Y cuando escuchan mucho, luego hablan. Y cuando hablan, no dicen cosas bonitas.

I. Una historia de amor… como Dios manda (es decir, fatal)

La leyenda dice —y en Sevilla todo empieza con “la leyenda dice”, que es como decir “no tengo pruebas, pero tampoco dudas”— que en ese callejón vivió Zahra, una mora joven, guapa y con la mala costumbre de pensar por su cuenta, que ya en aquella época era una provocación.

Zahra se enamoró de Rodrigo, un cristiano. No uno cualquiera: uno con espada, cejas pobladas y el convencimiento absoluto de que todo lo que pensaba era correcto por el simple hecho de pensarlo él.

Se enamoraron como se enamora la gente en las leyendas:
rápido, intensamente y sin consultar a nadie que supiera lo que venía después.

Porque aquí, antes de enamorarse, lo suyo habría sido pedir permiso. Al Consejo. Al barrio. A la tradición. Al primo segundo que siempre tiene algo que decir. Pero no. Se miraron. Y ya está. Error histórico número uno.

II. El barrio, ese ente superior

En Sevilla el amor no es privado. Es un asunto vecinal.
El barrio se enteró en cuestión de horas. No porque Zahra gritara “estoy enamorada”, sino porque alguien vio algo, alguien lo comentó, alguien lo exageró y alguien lo dio por hecho.

—Eso no es normal.
—Eso no es de aquí.
—Eso no se ha hecho nunca.

Tres frases que, combinadas, han provocado más desgracias que la peste negra.

Las vecinas empezaron a vigilar. No por maldad, sino por responsabilidad patrimonial. Porque una cosa es que tú vivas tu vida y otra que rompas la estética moral del barrio, que bastante costó levantarla.

III. El Consejo: señores sentados decidiendo cosas

Como toda Sevilla que se precie, había un Consejo. Un organismo formado por señores con barba, gesto grave y una pasión enfermiza por decidir sobre la vida de los demás.

Se reunieron. Hablaron mucho. No escucharon nada.

—Esto rompe el equilibrio.
—Esto va contra lo establecido.
—Esto nos va a dar trabajo.

Y el trabajo, amigo, es lo que más se evita en cualquier institución histórica.

Decidieron castigar a Zahra. A Rodrigo no, porque él ya no estaba. Se había ido. Lo cual, curiosamente, nadie consideró mal.

Porque aquí, cuando algo sale mal, la culpa siempre se queda en el barrio.

IV. El castigo: simbólico, inútil y definitivo

El castigo fue encerrarla. Tapiar una puerta. Dejarla en su casa.
Nada violento, nada escandaloso. Todo muy fino. Muy de aquí.

—Así aprende —dijo uno.
—Así se mantiene el orden —dijo otro.
—Así no nos complicamos —dijo el que mandaba.

Zahra murió. No de hambre, no de sed. Murió de esperar.
Esperar a alguien que no volvió. Esperar a que alguien recapacitara. Esperar a que el Consejo se diera cuenta de que se había pasado tres pueblos.

Error histórico número dos: esperar sensatez.

V. El suspiro que se quedó a vivir

La noche que murió, Zahra suspiró.
Un suspiro largo, cansado, de esos que no piden ayuda porque ya saben que no va a venir.

Y ese suspiro se quedó allí. Porque en Sevilla, cuando algo no se resuelve bien, se queda flotando. Como un expediente sin cerrar.

Desde entonces, por las noches, el Callejón del Agua suspira.
No siempre. No a todo el mundo. Solo cuando el sitio está en silencio… o cuando alguien presume demasiado de tradición sin saber lo que dice.

VI. El callejón hoy: turismo, placas y ninguna solución

Hoy el Callejón del Agua tiene turistas. Tiene fotos. Tiene Instagram.
Tiene una placa que se puso, se quitó y se volvió a poner con otro texto porque el primero “no era adecuado al contexto”.

Nadie sabe qué contexto. Pero no era.

Los guías cuentan la historia edulcorada.
Que si el amor imposible.
Que si el romanticismo.
Que si el pasado multicultural.

Nada de castigos absurdos, nada de consejos inútiles, nada de orgullo mal gestionado. Eso no vende.

Pero los vecinos saben.
Saben que algunas noches se oye el suspiro.
Que no da miedo, pero molesta.
Que recuerda cosas que aquí no gustan.

—Eso es humedad —dice uno.
—Eso es corriente —dice otro.
—Eso es historia sin revisar —dice la pared, que ya está harta.

VII. Sevilla y sus fantasmas

Porque Sevilla está llena de fantasmas.
No solo de Zahra.
También de decisiones mal tomadas.
De tradiciones sin pensar.
De “esto siempre ha sido así” que nunca se revisaron.

El Callejón del Agua no pide perdón.
No quiere reinterpretaciones modernas.
No quiere que le quiten el suspiro.

Quiere que se sepa lo que pasó.
Y que, al menos, cuando alguien diga “qué bonito”, alguien más responda:
—Bonito sí. Pero aquí se hizo una barbaridad.

Y el callejón vuelve a suspirar.
No por amor.
Por memoria mal llevada, que es lo más sevillano que existe.


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